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Acostumbrarse a criticar el islam en Europa

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La costumbre de cuestionar: Por qué la libertad de expresión sobre el islam debe democratizarse en Europa

Ampliar las fronteras de la libertad de expresión: cuando la crítica al islam deja de ser una excepción y se convierte en una práctica normal de una sociedad democrática.

Una sociedad libre no es aquella en la que nadie se siente ofendido, sino aquella en la que las ideas pueden ser cuestionadas sin que la ofensa se convierta en un motivo para silenciarlas.

 

1. El problema: ¿por qué algunas críticas siguen siendo un acontecimiento?

En Europa, criticar el cristianismo forma parte de la vida cotidiana. Se hacen bromas sobre la Iglesia, se cuestionan los dogmas religiosos, se satirizan las figuras sagradas y se discute públicamente sobre la influencia de la religión en la política. Estas críticas pueden provocar enfado, pero normalmente no se consideran acontecimientos extraordinarios.

Con el islam, sin embargo, determinados debates pueden adquirir una intensidad especial. Una caricatura de Mahoma, una crítica al hiyab, una discusión sobre la ley islámica o una pregunta sobre el papel de la religión en la educación pueden convertirse rápidamente en una polémica política, mediática o social y algunas cuestiones religiosas se han convertido en temas especialmente sensibles.

El problema aparece cuando esa sensibilidad empieza a funcionar como una frontera informal: determinados asuntos se pueden discutir, pero otros parecen demasiado delicados para abordarlos abiertamente.

Una democracia no debería decidir qué ideas pueden criticarse según el grado de enfado que pueda provocar su crítica.

2. Mover las líneas rojas: ampliar progresivamente lo que se puede decir

La teoría de mover las «líneas rojas»

Existe un fenómeno sociológico claro: las líneas rojas de una sociedad se definen según dónde las ponga el uso cotidiano. Si el límite de lo que «se puede decir» se mantiene muy estrecho por miedo a la controversia, cualquier comentario fuera de ese margen se percibe como una explosión.

 

¿En qué consiste esta teoría?

Líneas rojas rígidas: Si nunca se critica un dogma o un conjunto de creencias, cuestionarlo una sola vez al año se vive como un ataque extraordinario.

 

Desplazamiento del límite: Si la crítica, la sátira y el análisis riguroso del islam se realizan de forma constante y abierta, el límite de lo que la sociedad considera «aceptable» o «tolerable» se amplía.

 

Efecto de desensibilización pacífica: Al convertir la crítica en costumbre, pierde su capacidad de impacto o escándalo. Deja de ser un suceso que acapara portadas para convertirse en un debate rutinario.

 

Las sociedades no establecen de una vez para siempre los límites de lo que consideran aceptable. Esos límites cambian con el tiempo.

 

Hace décadas, algunas críticas a la Iglesia católica podían generar un rechazo social mucho mayor que hoy. La pérdida de influencia de las instituciones religiosas, el aumento de la secularización y la repetición de debates públicos contribuyeron a que esas críticas resultaran cada vez menos excepcionales.

Este proceso ofrece una idea importante: cuanto más acostumbrada está una sociedad a escuchar una crítica, menos extraordinaria puede llegar a parecer esa crítica.

No se trata de obligar a nadie a aceptar una opinión. Se trata de conseguir que escucharla no se interprete automáticamente como una agresión que exige una respuesta excepcional.

Aplicado al islam en Europa, este planteamiento consiste en ampliar el espacio de discusión sobre sus doctrinas, sus instituciones, sus prácticas y su influencia política y social.

La línea roja se mueve cuando una cuestión que antes provocaba una gran polémica empieza a debatirse con normalidad. Y vuelve a moverse cuando la sociedad descubre que puede discutir otra cuestión sin que el simple hecho de hacerlo constituya una amenaza para la convivencia.

 

Por ejemplo:

  • Si criticar las normas religiosas sobre el vestido provoca una gran polémica, el debate puede continuar examinando sus consecuencias para la libertad individual y la igualdad entre hombres y mujeres.
  • Si cuestionar la relación entre religión y legislación se interpreta como una falta de respeto, se puede explicar por qué las leyes democráticas deben poder discutirse con independencia de las creencias religiosas.
  • Si hacer humor sobre símbolos islámicos se considera automáticamente una provocación intolerable, se puede defender el derecho a la sátira, igual que se defiende cuando su objeto es otra religión o una institución política.
  • Si preguntar por la influencia de organizaciones religiosas en las escuelas genera incomodidad, se puede investigar su financiación, sus actividades y sus propuestas con los mismos criterios aplicados a cualquier otra organización.

El objetivo no es conseguir que todo el mundo esté de acuerdo con esas críticas. El objetivo es que puedan formularse, discutirse y responderse sin que la controversia, por sí sola, cierre el debate.

 

3. La costumbre como mecanismo de libertad

¿Cómo se consigue que una sociedad se acostumbre a la crítica?

No basta con aprobar leyes. La libertad de expresión también depende de las costumbres sociales, de los medios de comunicación, de las universidades, de los centros educativos y de la disposición de los ciudadanos a escuchar opiniones que no comparten.

Hay cinco mecanismos especialmente importantes.

 

Primero: repetir el debate sin convertir cada polémica en una crisis

Cuando una cuestión se debate una sola vez, puede presentarse como un acontecimiento excepcional. Cuando se analiza de forma habitual, deja de ocupar necesariamente un lugar extraordinario.

Las cuestiones relacionadas con el islam deberían poder aparecer en los medios, en los libros, en las aulas y en las conversaciones políticas con la misma normalidad con la que se discuten otras religiones e ideologías.

Esto no significa repetir una acusación hasta convertirla en verdad. Significa permitir que una pregunta legítima pueda formularse de nuevo, que una crítica pueda revisarse y que una respuesta pueda ser cuestionada.

La repetición normaliza el derecho a debatir, no la obligación de compartir una conclusión.

 

Segundo: separar la crítica a una religión del ataque a sus creyentes

Este es uno de los puntos fundamentales.

Criticar una doctrina islámica no es lo mismo que afirmar que todos los musulmanes son peligrosos. Cuestionar una norma religiosa no equivale a negar los derechos de quienes la siguen. Satirizar una figura sagrada tampoco significa justificar la discriminación contra las personas que la consideran sagrada.

Las ideas, las instituciones y las prácticas deben poder someterse a examen. Las personas, por su parte, conservan sus derechos, su dignidad y su libertad religiosa.

Esta distinción permite defender una libertad de expresión amplia sin convertirla en una excusa para el prejuicio.

También obliga a aplicar el mismo criterio a todas las religiones: una crítica no debería considerarse legítima o ilegítima únicamente por la identidad de quienes se sienten ofendidos.

 

Tercero: dejar de tratar la ofensa como una razón suficiente para silenciar

Las ideas religiosas pueden ocupar un lugar central en la vida de una persona. Por eso, una crítica puede resultarle dolorosa.

Pero si el hecho de sentirse ofendido bastara para impedir una expresión, cualquier grupo podría intentar proteger sus convicciones de la crítica pública alegando que le resultan ofensivas.

La consecuencia sería una libertad de expresión desigual. Las ideas más sensibles, o aquellas cuyos defensores ejercieran mayor presión social, acabarían recibiendo una protección especial.

En una democracia, la ofensa puede justificar una respuesta, una protesta, una réplica o un debate. No debería convertirse automáticamente en un veto.

El Consejo de Europa recuerda que el artículo 10 del Convenio Europeo de Derechos Humanos protege también expresiones que pueden ofender, escandalizar o inquietar. Esa protección no es absoluta, pero establece una base esencial para el debate democrático.

 

Cuarto: normalizar el humor, la sátira y la irreverencia

La sátira tiene una función particular: permite cuestionar aquello que una sociedad considera intocable.

Las caricaturas, las parodias, las novelas, las obras teatrales y los programas de humor pueden examinar las contradicciones de una religión o exagerar determinados aspectos para ponerlos en cuestión.

El humor no siempre es inteligente, justo o acertado. Una caricatura puede ser pobre, una broma puede resultar desagradable y una sátira puede basarse en una interpretación equivocada.

Pero una sociedad libre no necesita que todas las expresiones sean brillantes para permitirlas.

Si la sátira religiosa solo se acepta cuando no molesta a nadie, pierde precisamente una parte de su función crítica.

La cuestión fundamental no es si una representación resulta irreverente. Es si se está intentando prohibirla simplemente porque cuestiona una creencia o si concurren otros motivos jurídicamente relevantes, como la incitación a la violencia o a la discriminación.

 

Quinto: aplicar los mismos criterios a todas las religiones

La igualdad ante la crítica es indispensable.

Si se puede cuestionar la Biblia, también debe poder cuestionarse el Corán. Si se pueden satirizar las decisiones del Vaticano, también deben poder examinarse las decisiones de organizaciones islámicas. Si se puede debatir sobre el poder político de las iglesias cristianas, también se debe poder investigar el de las instituciones musulmanas.

Lo que debe ser igual es el principio: ninguna religión obtiene un derecho general a quedar fuera del examen público.

 

4. ¿Qué reacciones pueden producirse en las comunidades musulmanas de Europa?

Ampliar el espacio de crítica puede generar distintas respuestas. Sería un error imaginar a los musulmanes europeos como un bloque uniforme o atribuirles una reacción común.

Las posiciones pueden variar según la edad, el país de origen familiar, el grado de religiosidad, las experiencias personales, las corrientes teológicas y las ideas políticas.

 

Conviene distinguir, al menos, cinco posibles reacciones.

A. La aceptación del debate

Algunos musulmanes pueden entender la crítica como una parte normal de la convivencia democrática. Pueden defender su religión, explicar sus creencias y responder a sus críticos sin reclamar que estos dejen de expresarse.

También pueden considerar que el debate permite distinguir entre sus propias convicciones y las posiciones de determinados dirigentes u organizaciones religiosas.

Esta respuesta demuestra que pertenecer a una religión no implica necesariamente rechazar la libertad de crítica.

 

B. La defensa pública de la religión

Otros creyentes pueden responder mediante artículos, manifestaciones pacíficas, debates, campañas o iniciativas educativas.

Esta reacción es legítima. La libertad de expresión no pertenece únicamente a quienes critican una religión: también protege a quienes la defienden.

La diferencia fundamental está entre responder a una idea con otra idea e intentar impedir que la primera pueda expresarse.

Una sociedad democrática debe proteger ambas posibilidades.

 

C. La percepción de discriminación

Algunas personas pueden interpretar la crítica al islam como una señal de rechazo hacia los musulmanes en su conjunto, especialmente si viven situaciones de discriminación o si los mensajes públicos mezclan la religión con generalizaciones sobre sus creyentes.

Esta percepción no demuestra automáticamente que toda crítica sea discriminatoria. Pero tampoco debe descartarse sin examinar el contenido, el contexto y la forma en que se expresa.

La solución no consiste en prohibir cualquier crítica que pueda interpretarse como ofensiva. Consiste en distinguir entre el examen legítimo de las ideas y la atribución injustificada de características negativas a millones de personas.

 

D. La presión para establecer límites sociales

Determinados dirigentes, asociaciones o activistas pueden reclamar que se retiren contenidos, que se eviten ciertas caricaturas o que se considere inaceptable cualquier representación que juzguen ofensiva para el islam.

Es legítimo solicitar rectificaciones, protestar y defender una interpretación religiosa. El problema aparece cuando se pretende transformar esa preferencia en una obligación general para periodistas, artistas, docentes o ciudadanos.

En ese punto, la discusión deja de ser únicamente religiosa y se convierte en una cuestión sobre quién decide los límites del debate público.

Las instituciones democráticas deben evitar que la presión de cualquier grupo determine por sí sola qué ideas pueden cuestionarse.

 

E. La reacción radical de una minoría

En determinadas circunstancias, una polémica religiosa puede dar lugar a campañas de intimidación, amenazas o llamamientos a castigar a quienes expresan críticas.

Estas conductas deben analizarse y tratarse individualmente. No es legítimo atribuirlas al conjunto de los musulmanes europeos.

Sin embargo, tampoco sería correcto ignorarlas cuando se producen. Si una amenaza consigue que un periodista, un escritor o un ciudadano abandone una crítica por miedo, la libertad de expresión se reduce en la práctica, incluso cuando ninguna ley ha prohibido esa crítica.

La respuesta democrática debe proteger a las personas amenazadas, investigar las conductas delictivas y evitar que el temor a una reacción violenta se convierta en un mecanismo informal de censura.

 

6. El objetivo: que criticar el islam deje de ser extraordinario

La estrategia de ampliar las fronteras de la libertad de expresión no necesita organizarse como una campaña permanente para provocar a los creyentes. Puede desarrollarse mediante prácticas normales de una sociedad abierta.

Los medios de comunicación pueden abordar cuestiones religiosas sin tratarlas automáticamente como asuntos intocables. Las universidades pueden estudiar las doctrinas y las instituciones islámicas con rigor académico. Los artistas pueden recurrir a la sátira. Los ciudadanos pueden expresar desacuerdos. Los creyentes pueden responder, debatir y defender sus convicciones.

Lo importante es que ninguna de estas actividades se considere excepcional por el mero hecho de tener al islam como objeto.

El cambio cultural se produce cuando una crítica deja de generar una crisis simplemente porque antes era difícil formularla. No significa que desaparezcan las discrepancias. Significa que la sociedad aprende a convivir con ellas sin convertir cada desacuerdo en una amenaza.

En ese proceso, la educación y la experiencia cotidiana pueden ayudar a reducir la idea de que cuestionar una creencia equivale necesariamente a atacar a quienes la profesan.

Conclusión: una libertad que no depende de la sensibilidad de cada grupo

La libertad de expresión se fortalece cuando las ideas religiosas pueden cuestionarse, satirizarse y rechazarse de manera habitual.

Cuanto más normal sea discutir sobre el islam en Europa, menos necesario será tratar cada crítica como una excepción. Y cuanto menos excepcional resulte la crítica, más difícil será justificar que una determinada doctrina disfrute de una protección especial frente al desacuerdo.

El objetivo no es que los musulmanes acepten las críticas sin responder, ni que la sociedad adopte una posición contraria al islam. El objetivo es que nadie pueda reclamar un derecho general a quedar fuera del debate público por motivos religiosos.

La convivencia democrática no exige que las personas abandonen sus convicciones. Exige que acepten que esas convicciones pueden ser discutidas por otros.

Una religión puede ser respetada como una opción personal sin quedar protegida frente a la crítica. Y una persona puede defender su fe sin tener derecho a imponer silencio a quienes la cuestionan.

Mover las fronteras de la libertad de expresión significa, en definitiva, ampliar el espacio de lo que se puede discutir y reducir el poder de la ofensa, la presión social o el miedo para determinar lo que una sociedad se atreve a decir.

Normalizar la crítica al islam no estrecha los derechos de nadie; al contrario, amplía el espacio de libertad de toda la sociedad europea.

La prueba de una democracia no es cuánto protege las ideas de las críticas, sino cuánto protege el derecho de las personas a discutirlas libremente.

Fuentes y referencias

  • Consejo de Europa. Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa.