El dilema de las mezquitas: ¿Por qué el bolsillo de Europa prefiere el vacío al dinero extranjero?
Imagina que eres alcalde de una ciudad europea.
Un lunes por la mañana llegas al despacho y encuentras dos cartas sobre la mesa.
La primera dice: «Los musulmanes de la ciudad necesitan una mezquita más grande. La comunidad ha crecido y el local actual se ha quedado pequeño.»
La segunda dice: «Nos preocupa que la nueva mezquita sea financiada por dinero procedente del extranjero.»
De repente, tienes un problema. Si el Estado pone dinero, algunos ciudadanos preguntarán: «¿Desde cuándo pagamos lugares de culto con nuestros impuestos?»
Pero si el Estado no pone dinero, alguien más lo hará. Y ahí comienza uno de los grandes dilemas de la Europa actual.
1. El dilema del alquiler espiritual
Si Europa no financia las mezquitas, las mezquitas seguirán necesitando dinero.Y el dinero, como el agua, siempre encuentra un camino.
Entonces aparecen preguntas incómodas.
¿Quién paga el edificio?
¿Quién paga al imán?
¿Quién financia las actividades?
¿Quién influye en el discurso religioso?
Europa tiene un problema existencial. Quiere un «islam europeo» —moderno, integrado y democrático—, pero no quiere poner un solo euro para construir sus templos. Y claro, en el mercado de la fe, el vacío no existe: si el Estado europeo no financia, el petrodólar extranjero lo hace por él.
2. Los tres lados del triángulo (El callejón sin salida)
Para que el lector entienda la lógica del problema a la primera, divide el escenario en tres posturas lógicas pero enfrentadas:
Lado A: «Ni un euro público para religión» (La lógica laica)
El argumento: Europa ha sudado sangre durante siglos para separar la Iglesia del Estado. El dinero público (de los impuestos de todos: ateos, cristianos, budistas, musulmanes) debe ir a hospitales, carreteras y escuelas, no a lugares de culto.
La trampa: Es una postura impecable en teoría, pero ciega en la práctica. Ignora que el islam en Europa es una religión relativamente nueva y con menos recursos acumulados históricamente que la Iglesia católica (que tiene propiedades e inmuebles a mansalva). Al no tener patrimonio propio, las comunidades locales necesitan financiación externa sí o sí.
Lado B: El «Caballo de Troya» financiero (El peligro extranjero)
El argumento: Si prohibimos la financiación pública, las mezquitas acuden a fundaciones de países del Golfo Pérsico, al gobierno turco o marroquí.
La trampa: El dinero nunca es gratis. Con los millones de euros para construir una mezquita bonita en Bruselas, París o Barcelona, a menudo viene el «paquete completo»: imanes formados en el extranjero que no hablan el idioma local, literatura ultra-conservadora (salafista o wahabita) y una visión del mundo que choca frontalmente con los valores democráticos y de igualdad europeos. Es decir, por ahorrar presupuesto público, Europa acaba subcontratando la educación espiritual de sus ciudadanos a teocracias extranjeras.
3. ¿Cuál es la solución? Tres salidas al laberinto
Dado que la situación actual es insostenible, los pensadores y gobiernos europeos están barajando varias soluciones creativas.
Opción 1: El modelo alemán (El «Impuesto Religioso»)
Cómo funciona: En Alemania existe el Kirchensteuer (impuesto eclesiástico). Si te registras como miembro de una religión, el Estado recauda un pequeño porcentaje extra de tu nómina y se lo entrega directamente a tu comunidad religiosa para que se financie sola.
La ventaja: El dinero sigue siendo de los propios creyentes, no del fondo común del Estado, pero está regulado, es transparente y evita que dependan de jeques extranjeros.
El reto: Requiere que las comunidades musulmanas se organicen en estructuras oficiales y transparentes, algo que con la diversidad interna del islam no siempre es fácil.
Opción 2: La «Fundación Nacional de Control» (El filtro estatal)
Cómo funciona: Crear una fundación pública o mixta (como se ha intentado en Francia). Las mezquitas pueden recibir donaciones de fuera, sí, pero no directamente. Todo el dinero extranjero tiene que pasar por un embudo estatal que audita de dónde viene, quién lo da y a cambio de qué, antes de repartirlo.
La ventaja: No se prohíbe el dinero, pero se le quita el control político e ideológico. Si Arabia Saudí quiere donar, el dinero se convierte en «anónimo» al pasar por el filtro del Estado europeo.
Opción 3: El modelo de la «Autogestión de Barrio»
- Cómo funciona: Tratar a las mezquitas no como templos gigantes de propaganda geopolítica, sino como centros culturales locales de tamaño reducido. Fomentar el micro-mecenazgo de los propios vecinos (que paguen su mezquita euro a euro, de su bolsillo) y facilitar que los imanes se formen en universidades europeas (en teología y derecho constitucional local) y no en el extranjero.
Madurar como sociedad
Europa tiene que dejar de ser una adolescente asustadiza que prefiere cerrar los ojos ante los problemas complejos. No podemos exigir un «islam de aquí» si los templos y los imanes se importan «de allí» por pura tacañería o desinterés.
La pregunta que nadie hace
Tal vez estamos formulando mal la pregunta, la cuestión no es: «¿Debe Europa financiar mezquitas?»
La cuestión es: «¿Quién queremos que influya en el Islam europeo?»
Porque, nos guste o no, el Islam europeo ya existe, millones de musulmanes han nacido en Europa, hablan español, francés, alemán o neerlandés, sus hijos crecerán aquí.
La pregunta es si queremos un Islam más conectado con las sociedades europeas o uno más dependiente de actores externos.
La solución más europea posible
Europa tiene una habilidad especial, no suele elegir entre blanco y negro.
Prefiere crear una comisión, organizar tres reuniones, publicar un informe de doscientas páginas y encontrar una solución complicada que deje moderadamente insatisfechos a todos.
Y, curiosamente, eso podría funcionar también en este caso.
Quizás el futuro pase por mezquitas:
Financiadas principalmente por sus comunidades.
Transparentes.
Con límites a determinadas influencias externas.
Con líderes religiosos formados en Europa.
Integradas en la vida local.
No es una solución perfecta, pero sí parece una solución europea.
La conclusión
¿Debe Europa financiar mezquitas? La respuesta sencilla es no.
La respuesta inteligente es: depende de qué entendamos por financiar, porque la alternativa tampoco está exenta de consecuencias.
Europa puede decidir no participar, pero no puede decidir que el problema desaparezca, y tal vez esa sea la gran lección de este debate, que, en ocasiones, gobernar consiste en elegir entre varias soluciones imperfectas.
Mientras tanto, la pregunta seguirá sobre la mesa: Si Europa no ayuda a construir un Islam europeo, ¿quién lo hará?
Y esa, probablemente, es una de las preguntas más importantes que el continente tendrá que responder durante las próximas décadas.
El mensaje final:
Regular la financiación de las mezquitas no es un favor al islam; es una inversión en nuestra propia seguridad, cohesión social y soberanía nacional. Si de verdad queremos que el espacio público europeo sea libre y laico, tenemos que estar dispuestos a diseñar las reglas del juego… Y a veces, eso implica buscar fórmulas inteligentes para que nadie pueda comprar nuestro silencio o nuestra paz social con un cheque extranjero.
