La prenda de tela que desató una tormenta en las piscinas de Europa
Si pensabas que el mayor debate en una playa en pleno agosto era si llevar tortilla de patatas con o sin cebolla, bienvenido al siglo XXI. En Europa, la prenda que ha conseguido paralizar plenos municipales, encender tertulias de televisión y sobrecargar el sistema nervioso de políticos de todo el espectro ideológico tiene nombre propio: el burkini.
Unos metros de tela sintética diseñados para nadar se han convertido en el campo de batalla donde chocan la libertad individual, la laicidad, el feminismo y las normativas comunitarias sobre el agua de los vasos municipales.
¿Qué es exactamente el burkini y de dónde sale?
A pesar de la narrativa popular, el burkini no nació en un lejano oasis medieval. Lo inventó en 2004 una diseñadora australiana de origen libanés llamada Aheda Zanetti.
El objetivo original: Permitir a las mujeres musulmanas practicar deporte y nadar en la playa o la piscina cómodamente, respetando sus convicciones de modestia sin quedarse encerradas en casa durante un verano abrasador.
El atuendo cubre el cuerpo completo excepto el rostro, las manos y los pies, y está fabricado con el mismo poliéster o licra que cualquier bañador o traje de neopreno.
La playa europea tradicional
Durante décadas, la playa europea ha sido uno de los lugares donde menos importa cómo vista cada uno.
Hay personas con bikini, con bañador, con pantalón corto, con neopreno, con camiseta. La idea general siempre ha sido bastante sencilla: «Cada uno viste como quiere.»
Hasta que apareció el burquini y muchos empezaron a preguntarse si realmente era una elección completamente libre o el resultado de una presión religiosa o familiar.
El choque de dos formas de entender la libertad
Aquí aparece una paradoja muy curiosa.
Unos dicen: «Una mujer es libre precisamente porque puede ponerse un burquini.»
Otros responden: «Una mujer es libre precisamente porque no necesita llevar un burquini.»
Y ambos aseguran estar defendiendo la libertad.
Europa consigue así el raro récord de discutir durante horas sobre si un traje de baño representa más libertad… o menos libertad.
¿Es una decisión personal?
Esta es probablemente la pregunta más difícil.
Hay mujeres que afirman llevarlo por convicción propia, otras exmusulmanas cuentan que muchas chicas lo hacen por presión familiar, social o religiosa.
La realidad seguramente sea mucho más compleja, habrá casos de auténtica libertad, habrá casos de presión, y habrá muchos casos intermedios, como ocurre con tantas decisiones humanas.
El problema de la igualdad
Aquí surge otra cuestión incómoda.
¿Por qué la norma suele dirigirse principalmente a la mujer?
En muchas interpretaciones tradicionales del islam, es la mujer quien debe cubrir mucho más su cuerpo, mientras tanto, el hombre puede bañarse con un simple pantalón corto.
Muchos europeos se preguntan: «Si ambos deben ser modestos, ¿por qué las normas parecen mucho más estrictas para ellas?»
Es una pregunta que sigue abierta.
Cuando la religión llega a la piscina pública
Las piscinas municipales no suelen preguntar la religión de nadie.
Su preocupación suele ser mucho más sencilla, higiene, seguridad, comodidad para todos, cumplimiento de las normas. Sin embargo, el burquini ha obligado a muchos ayuntamientos a redactar reglamentos específicos.
Algunas ciudades lo permiten, otras lo prohíben, otras cambian las normas cada pocos años. Y los tribunales terminan decidiendo… sobre bañadores.
Si alguien hubiera contado esto hace treinta años, probablemente nadie lo habría creído.
La batalla política
Lo curioso es que el burquini ya casi ni habla de playa, habla de inmigración, habla de integración, habla de feminismo, habla de religión, habla de identidad nacional, habla de multiculturalismo.
En resumen, el bañador más famoso de Europa pasa más tiempo en los debates televisivos que en el agua.
¿Qué opinan los europeos?
Las opiniones son muy variadas.
Hay quien piensa: «Cada persona debe vestir como quiera.»
Otros responden: «Siempre que esa elección sea realmente libre.»
Y otros añaden: «Las normas religiosas que afectan principalmente a las mujeres no deberían normalizarse en espacios públicos.»
Es decir, el desacuerdo no suele estar en la ropa, sino en lo que esa ropa simboliza.
Posibles soluciones
En lugar de convertir cada verano en una guerra cultural, quizá haya caminos más prácticos.
Primera idea: mantener normas iguales para todos, centradas únicamente en higiene y seguridad, sin distinguir por motivos religiosos.
Segunda idea: reforzar la protección de cualquier mujer que sufra presiones familiares o sociales para vestir de una determinada manera, sea para cubrirse o para descubrirse.
Tercera idea: fomentar una integración basada en los derechos fundamentales europeos, donde hombres y mujeres disfruten de las mismas libertades y obligaciones.
Cuarta idea: hablar más con las propias mujeres afectadas y menos sobre ellas. Escuchar experiencias diversas ayuda a evitar simplificaciones.
Conclusión
El burquini demuestra que, en Europa, incluso un traje de baño puede convertirse en un símbolo político, para unos representa libertad religiosa, para otros representa una tradición incompatible con la igualdad entre hombres y mujeres.
Entre ambos extremos hay millones de ciudadanos que simplemente quieren disfrutar de un día de playa sin convertir la arena en un parlamento improvisado.
Quizá la mejor playa sea aquella donde las personas puedan convivir respetando las leyes democráticas, la igualdad ante la ley y la libertad individual, sin imponer a los demás ni una forma de vestir… Ni una forma de pensar.
Porque al final, el verdadero problema nunca ha sido un bañador. El verdadero debate siempre ha sido cómo convivir en una sociedad donde conviven culturas, religiones y valores diferentes sin renunciar a los principios básicos de una democracia liberal.
