El «macho alfa» de las culturas

El «macho alfa» de las culturas

¿Por qué Europa necesita un contrapeso al Islam?

La madre naturaleza es una gran maestra y de ella podemos aprender una lección vital sobre sociedades y culturas. En biología, cuando una especie fuerte se introduce en un hábitat que no es el suyo, compite por los recursos y, si no encuentra un depredador o un enemigo natural que regule su crecimiento, termina por devorar el ecosistema original,  rompe el equilibrio.

En la sociología ocurre exactamente lo mismo. Cuando hablamos de una cultura dominante, nos referimos a aquella que no busca convivir, sino imponer sus costumbres, dogmas, jerarquías y reglas de exclusión al resto. 

 

¿Qué es una cultura dominante?

Una cultura dominante no necesita ser mayoritaria.

Basta con que tenga capacidad para influir en las costumbres, en la educación, en la vida cotidiana y en la forma de entender la sociedad.

Todas las culturas intentan transmitir sus valores a la siguiente generación no tiene nada de extraño, lo extraño sería pensar que esos valores nunca encontrarán resistencia.

 

Sin contrapeso no hay equilibrio

La historia demuestra que ninguna idea crece indefinidamente sin generar una respuesta, las democracias funcionan precisamente porque existen contrapoderes.

¿Por qué habría de ser diferente con las ideas culturales o religiosas?

Cuando una corriente cultural aumenta su influencia, es lógico que aparezcan personas, asociaciones y movimientos que cuestionen esa influencia, no es un síntoma de fracaso, es una señal de que la sociedad sigue siendo plural

El Islam, concebido no como rituales sino como un código político y social, actúa como el «macho alfa» de las culturas: tiene una vocación expansiva y absorbente. 

Y frente a esto, el desarrollo natural y democrático de cualquier sociedad exige un mecanismo de defensa: un contrapeso, es un proceso natural y también democrático.

Para entender las consecuencias de dejar a una cultura dominante actuar sin frenos, no hace falta teorizar, basta con mirar la historia reciente de Egipto.

 

El espejo egipcio: de la minifalda al niqab

Egipto ilustra muy bien cómo una cultura puede transformar un país en pocas décadas.

Quien vea hoy las calles de El Cairo difícilmente se creerá cómo era el país hace unas pocas décadas. En los años 50, 60 y 70, Egipto era el Hollywood de Oriente Medio, la meca del cine árabe, un faro de creatividad y relativa apertura social.

Las mujeres paseaban en minifalda o en biquini por las playas de Alejandría sin que nadie las acosara, el cine retrataba la diversidad sexual y el peso de la religión en la vida civil era secundario.

Hoy, la fotografía es el reverso de la moneda: el velo (hiyab o niqab) cubre a la inmensa mayoría de las mujeres, la homosexualidad está perseguida y la censura moral lo inunda todo. Una sombra borró los colores de la sociedad en menos de treinta años.

¿Por qué ocurrió este giro de 180 grados? Por dos factores clave:

  • La exportación ideológica: A partir de los años 70, millones de egipcios emigraron a trabajar a los países del Golfo Pérsico. Al volver, trajeron consigo la fortuna económica, pero también la mentalidad ultra-conservadora y cerrada del wahabismo.
  • La destrucción del contrapeso: Los sucesivos gobiernos totalitarios egipcios se encargaron de aplastar y perseguir cualquier corriente civil, laica, liberal que pudiera hacerles sombra política, dejando el campo social completamente libre para el avance del islamismo. Sin enemigo natural, la cultura dominante devoró el ecosistema.Treinta años después, el país era completamente diferente

 

El dilema europeo y la trampa de la «islamofobia»

Con millones de musulmanes viviendo en suelo europeo, la historia corre el riesgo de repetirse si los países occidentales cometen el mismo error de eliminar el contrapeso. 

El problema en Europa no son los rituales privados de los creyentes, el problema es cuando esa cultura, con unos valores incompatibles con la libertad y la igualdad occidentales, avanza sin encontrar resistencia.

No se trata de discutir el derecho de cada persona a practicar su religión. Ese derecho forma parte de una democracia. La cuestión es otra.

¿Qué ocurre cuando determinadas interpretaciones religiosas intentan influir en cuestiones como la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de conciencia, la educación o la convivencia?

Criticar unas ideas no equivale a rechazar a las personas que las profesan, en una sociedad libre deben poder debatirse todas las ideas, también las religiosas.

Es normal que aparezcan voces críticas; Hoy en día, cualquier intento de ejercer una resistencia crítica o un contrapeso frente a este avance se etiqueta inmediatamente de «islamofobia». 

Es una trampa intelectual. Confundir la crítica a un sistema de ideas con el odio a las personas es un error peligroso que desarma a la democracia.

El rechazo legítimo no es contra los individuos, sino contra costumbres, leyes e ideologías que colisionan frontalmente con los derechos humanos, la libertad sexual, la libertad de expresión y la igualdad de las mujeres.

 

Hacia una resistencia civil y apolítica

Así como hemos normalizado y protegido la libertad de culto, las sociedades europeas deben normalizar, aceptar y proteger el derecho al rechazo cultural. Oponerse a que los valores del fundamentalismo ganen terreno no es racismo, es pura supervivencia democrática.

No hace falta tener un color político ni bandera partidista para rebelarse contra esto. Ciudadanos corrientes, apolíticos y de pensamiento libre tienen todo el derecho a organizarse y decir «no comparto esta forma de vivir ni quiero que dicte las normas de mi barrio, de mi escuela o de mi país».

 

El derecho al contrapeso

Crear un contrapeso fuerte, crítico y eficaz no es un acto de intolerancia, es el derecho natural de una sociedad sana que ha decidido defender la libertad que tanto costó conseguir.

Si aceptamos que cualquier movimiento político puede tener oposición;  Si aceptamos que cualquier ideología puede ser cuestionada

¿Por qué una corriente religiosa o cultural debería quedar fuera del debate?

Una democracia necesita ciudadanos que apoyen unas ideas y ciudadanos que las cuestionen, el equilibrio fortalece la libertad y no la debilita.

 

Una propuesta

Europa necesita fortalecer los movimientos cívicos que defienden la democracia liberal, la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de expresión y la libertad de conciencia.

No para combatir a las personas musulmanas, sino para ofrecer un contrapeso democrático frente a aquellas ideas o interpretaciones religiosas que entren en conflicto con esos principios.

El objetivo no es prohibir una religión, el objetivo es garantizar que ninguna ideología, religiosa o política, pueda imponerse sobre los derechos fundamentales.

Porque las sociedades libres no se mantienen solas, necesitan ciudadanos dispuestos a defenderlas,  todo sistema que aspira a perdurar necesita algo esencial: Un contrapeso.

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