El peligro de opinar: Escritores y periodistas en la diana

El peligro de opinar: Escritores y periodistas en la diana

Cuando escribir puede convertirte en un objetivo: Escritores, periodistas y pensadores amenazados por el islamismo en Europa

Hay algo profundamente extraño en una democracia europea del siglo XXI: Un escritor puede necesitar escolta policial por escribir un libro; un dibujante puede convertirse en objetivo terrorista por hacer una caricatura; un profesor puede ser asesinado por mostrar unas imágenes en clase.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando una idea religiosa intenta decidir qué puede publicarse, dibujarse, enseñarse o decirse bajo amenaza de violencia?

No estamos hablando de los musulmanes europeos en general. Estamos hablando de islamismo radical y violencia yihadista, y de una cuestión mucho más amplia: la libertad de expresión frente a quienes pretenden imponer un límite mediante la amenaza.

Europa lleva décadas viviendo esta tensión. Y algunos de los nombres que la representan ya forman parte de nuestra memoria colectiva.

 

Salman Rushdie: El hombre que convirtió un libro en una sentencia de muerte

Empecemos por alguien que, aunque fue atacado en Estados Unidos, simboliza quizá mejor que nadie el problema europeo.

Salman Rushdie publicó en 1988 Los versos satánicos. Al año siguiente, el ayatolá Ruhollah Jomeini emitió una fatua contra él y pidió su muerte.

Rushdie pasó años viviendo bajo protección. Pero la historia no terminó ahí.

En agosto de 2022, más de tres décadas después de aquella fatua, fue apuñalado durante un acto literario en Nueva York. Sobrevivió, aunque sufrió heridas gravísimas.

El caso de Rushdie demuestra algo importante: Una amenaza contra un escritor puede sobrevivir durante décadas.

Y también demuestra que la frontera entre el conflicto religioso y la violencia política puede desaparecer cuando una autoridad religiosa considera que tiene derecho a decidir quién merece vivir por lo que ha escrito.

Pero Rushdie no fue el primero, ni sería el último.

 

Theo van Gogh: Cuando una película termina en asesinato

En noviembre de 2004, el cineasta neerlandés Theo van Gogh fue asesinado en Ámsterdam.

¿Su delito?

Haber realizado Submission, una película crítica con el trato hacia las mujeres dentro de determinadas interpretaciones del islam.

La película había sido escrita junto a Ayaan Hirsi Ali, que posteriormente recibió amenazas y tuvo que vivir bajo protección.

Van Gogh fue tiroteado y apuñalado por un extremista islamista.

Aquí aparece una característica que se repetirá posteriormente: Primero llega la controversia; después las amenazas; finalmente, la violencia.

No siempre sucede así. Pero cuando sucede, el mensaje es aterrador:

«Puedes pensar lo que quieras, siempre que no lo digas.»

Y eso es exactamente lo contrario de una sociedad abierta.

 

Jyllands-Posten: Doce dibujos que provocaron un terremoto mundial

En 2005, el periódico danés Jyllands-Posten publicó doce caricaturas de Mahoma.

Las imágenes provocaron una enorme polémica internacional. Pero la historia no terminó en una discusión sobre religión, respeto o mal gusto.

Algunos de los dibujantes recibieron amenazas y pasaron a necesitar protección. Entre ellos estaba Kurt Westergaard, autor de la caricatura que representaba a Mahoma con una bomba en el turbante.

Westergaard sufrió varios intentos de ataque.

En 2010, un hombre armado con un hacha irrumpió en su casa con intención de matarlo. El dibujante consiguió refugiarse en una habitación de seguridad.

Westergaard murió en 2021 por causas naturales.

Pero durante años vivió con una realidad difícil de imaginar: Había dibujado una caricatura y esa caricatura había convertido su propia casa en un lugar potencialmente peligroso.

 

Charlie Hebdo: Cuando el lápiz se encuentra con el fusil

Y entonces llegó el 7 de enero de 2015.

Dos hombres armados irrumpieron en la redacción de Charlie Hebdo en París. Mataron a 12 personas.

Entre las víctimas había periodistas, dibujantes y colaboradores de la revista. El motivo declarado por los terroristas estaba relacionado con las caricaturas de Mahoma.

Los hermanos Kouachi afirmaron actuar en nombre de Al Qaeda en la Península Arábiga.

Europa quedó conmocionada. Millones de personas salieron a las calles.

Apareció un lema que se convertiría en símbolo mundial: Je suis Charlie.

Pero detrás del eslogan había una cuestión mucho más sencilla:

¿Puede una persona publicar algo ofensivo para una religión sin ser asesinada por ello?

En una democracia liberal, la respuesta debería ser sí.

Podemos discutir si una caricatura es inteligente, estúpida, provocadora, ofensiva o de mal gusto. Lo que no podemos aceptar es que el castigo por publicarla sea la muerte.

El ataque contra Charlie Hebdo se convirtió en uno de los símbolos más importantes de la confrontación entre libertad de expresión y terrorismo yihadista en Europa. 

 

Lars Vilks: El dibujante que necesitó protección por un dibujo

Otro nombre que merece ser recordado es el del artista sueco Lars Vilks.

En 2007 publicó una caricatura de Mahoma representado de una manera que provocó una fuerte polémica.

Las amenazas llegaron rápidamente. Al Qaeda en Irak llegó a ofrecer una recompensa por su muerte. Vilks pasó a vivir bajo protección policial.

En 2015 volvió a ser objetivo durante los atentados de Copenhague.

El atacante disparó contra un acto sobre libertad de expresión en el que participaba Vilks. El cineasta danés Finn Nørgaard fue asesinado.

Posteriormente, el terrorista atacó una sinagoga y asesinó al guardia de seguridad Dan Uzan. Vilks sobrevivió.

Pero la escena resulta difícil de olvidar: Un dibujante protegido por policías porque alguien considera que un dibujo merece una bala.

 

Samuel Paty: El caso que debería estremecer especialmente a Europa

Y después está el caso de Samuel Paty.

Paty no era escritor famoso. No era un periodista. No era un provocador profesional. Era profesor.

En octubre de 2020 enseñó a sus alumnos unas caricaturas de Mahoma durante una clase sobre libertad de expresión. Algunos padres protestaron.

Se inició una campaña contra él en redes sociales. Su nombre y sus datos personales circularon. Y finalmente fue asesinado y decapitado por un joven islamista cerca de su escuela.

Este caso debería hacernos reflexionar especialmente. Porque la víctima ya no era un dibujante que había decidido provocar.

Era un profesor explicando en un aula uno de los principios básicos de una democracia: la libertad de expresión.

El mensaje terrorista pasó entonces a ser mucho más amplio: No solo puedes ser objetivo por dibujar. Puedes serlo por mostrar un dibujo.

 

El objetivo ha ido creciendo

Y aquí está quizá la parte más preocupante.

Durante mucho tiempo, el problema parecía limitarse a determinadas personas: escritores considerados blasfemos; dibujantes satíricos; periodistas; cineastas; intelectuales críticos.

Pero el caso de Samuel Paty mostró que el círculo podía ampliarse. Ya no hacía falta ser famoso. Ya no hacía falta haber publicado un libro.

Podía bastar con enseñar, reproducir o defender una idea considerada ofensiva. Y esta evolución es importante. Porque una sociedad libre funciona precisamente al revés.

No necesitamos estar de acuerdo con una idea para permitir que exista.

 

¿Significa esto que todos los musulmanes son una amenaza?

Por supuesto que no. Y conviene decirlo claramente.

Los millones de musulmanes que viven en Europa no pueden ser tratados como responsables de los crímenes cometidos por terroristas islamistas.

Una cosa es practicar una religión.

Otra es defender una ideología política que pretende organizar la sociedad de acuerdo con una interpretación religiosa. Y otra distinta es utilizar la violencia terrorista para imponerla.

Precisamente por eso, si queremos hablar seriamente del problema, debemos ser capaces de hacer una distinción.

Criticar el islamismo no significa odiar a los musulmanes.

Y defender a los musulmanes frente a la discriminación tampoco significa aceptar que la religión pueda quedar fuera de la crítica. Las dos cosas pueden coexistir.

 

Europa tiene un problema incómodo: La autocensura

Aquí aparece una cuestión mucho menos visible que los atentados. La autocensura.

Porque no hace falta matar a cien escritores para modificar el comportamiento de miles. Basta con que algunos sepan que podrían convertirse en objetivos.

Imaginemos a un periodista que quiere investigar una organización islamista.

Piensa: «¿Me amenazarán?»

Un dibujante quiere hacer una caricatura.

Piensa: «¿Merece la pena?»

Un profesor quiere explicar las caricaturas de Mahoma.

Piensa: «¿Y si alguien denuncia mis datos?»

Un escritor quiere publicar una novela crítica con determinados aspectos del islam.

Piensa: «¿Necesitaré escolta?»

Ahí aparece lo que podríamos llamar el veto del miedo.

No hace falta que el terrorista esté presente. Basta con que esté en la cabeza del creador.

 

El terrorismo puede prohibir todos los libros

Esta es una de las paradojas más interesantes. Un régimen autoritario puede prohibir los libros. Un grupo terrorista puede intentar conseguir algo parecido, ¿Cómo?

Mediante la intimidación. «Puedes publicarlo.» «Pero quizá tengas que pagar un precio.» Y eso transforma la libertad de expresión.

Formalmente sigue existiendo. Pero en la práctica algunas personas empiezan a pensar: «Mejor no.»

Y ese «mejor no» es precisamente lo que una democracia debería evitar.

 

Europa no puede responder con miedo

La respuesta no puede ser prohibir cualquier crítica a una religión para evitar conflictos. Eso crearía un precedente peligrosísimo.

Porque si una religión obtiene protección especial frente a la crítica debido a la amenaza de violencia, ¿qué ocurre después?

¿Y si mañana otra ideología exige lo mismo?, ¿Y si un grupo político dice que determinadas caricaturas son intolerables?, ¿Y si una secta amenaza a un periodista?

La libertad de expresión no puede funcionar según quién grite más fuerte, y mucho menos según quién tenga más capacidad para ejercer violencia.

 

La libertad de expresión no necesita ser amable

Esta es una de las cosas que Europa parece olvidar de vez en cuando.

La libertad de expresión no protege únicamente las opiniones educadas. También protege las opiniones incómodas. Las provocadoras. Las irreverentes. Las desagradables. Las que nos hacen enfadar.

Naturalmente, existen límites legales: Amenazas, incitación directa a la violencia y determinados delitos no se convierten en legales simplemente porque alguien los presente como «opinión».

Pero ofender no es lo mismo que ejercer violencia. Y una democracia madura debería ser capaz de soportar una caricatura, un libro, una película o un artículo que resulte ofensivo.

Porque si no puede soportarlo, el problema ya no está en el caricaturista. Está en la fragilidad de la sociedad.

 

Y el problema sigue existiendo

Podríamos pensar que todo esto pertenece al pasado. No es así.

El último informe de Europol publicado en 2026 señala que el yihadismo continúa siendo la principal forma de terrorismo en la Unión Europea: En 2025 se registraron 24 ataques atribuidos a esta corriente y 347 detenciones relacionadas con delitos de terrorismo yihadista. 

Europol también destaca el creciente papel de los ecosistemas digitales, la radicalización online y los actores individuales o pequeños grupos que pueden actuar sin una gran estructura detrás. 

Esto no significa que Europa esté permanentemente al borde de un atentado.

Significa algo más concreto: El problema no ha desaparecido, y tampoco ha desaparecido el debate sobre dónde colocar los límites de una sociedad abierta.

 

El verdadero objetivo: Que podamos seguir escribiendo

Quizá la mejor forma de recordar a Rushdie, Theo van Gogh, los periodistas y dibujantes de Charlie Hebdo, Kurt Westergaard, Lars Vilks y Samuel Paty no sea convertirlos simplemente en una lista de víctimas.

Es entender qué defendían. La posibilidad de pensar. La posibilidad de escribir. La posibilidad de dibujar. La posibilidad de investigar. La posibilidad de enseñar. Y, sobre todo, la posibilidad de equivocarse.

Porque una democracia no se demuestra permitiendo únicamente las opiniones que gustan a la mayoría, se demuestra cuando es capaz de proteger también las opiniones que molestan profundamente a alguien.

Europa puede y debe debatir sobre el islam, sobre el islamismo, sobre inmigración, integración, religión, secularismo, velo, mezquitas o radicalización.

Debe hacerlo, con argumentos, con datos, con respeto hacia las personas, pero sin pistolas sobre la mesa.

Hoy en día, muchos editores, medios de comunicación y creadores se lo piensan dos veces antes de publicar un artículo incisivo, un ensayo crítico o una viñeta humorística. El miedo a represalias violentas o, en el polo opuesto, a ser tildados de «islamófobos» por la corrección política institucional, está creando un cordón de silencio.

“El respeto a la religión se ha convertido en una frase en código que significa miedo a la religión”, advertía con lucidez Salman Rushdie tras los atentados de París.

Es un problema de libertad.

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