La herida silenciosa: la historia de la mutilación genital femenina y el desafío de Europa
Imaginen por un momento que una niña de seis, siete u ocho años entra en una habitación rodeada de mujeres de su familia, le dicen que hoy se convertirá en una mujer respetable, no entiende bien qué ocurre, tiene miedo, horas después, su vida habrá cambiado para siempre.
Esto no es una historia del pasado. Sigue ocurriendo hoy.
La llamada circuncisión femenina, conocida oficialmente como mutilación genital femenina (MGF) o ablación, afecta a millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Es una de las violaciones de los derechos humanos y de la integridad física de las mujeres más desgarradoras y extendidas en la historia de la humanidad.
Sin embargo, existe una enorme confusión sobre su origen. Muchas personas creen que es una práctica exclusivamente islámica, la realidad es más compleja.
¿Qué es exactamente la mutilación genital femenina?
La Organización Mundial de la Salud define la mutilación genital femenina como cualquier procedimiento que implique la extirpación parcial o total de los genitales externos femeninos o cualquier lesión realizada por motivos no médicos.
Dicho de forma sencilla: se trata de cortar o dañar partes sanas del cuerpo de una niña o una mujer sin ninguna necesidad médica.
Existen varios tipos:
Extirpación parcial o total del clítoris.
Eliminación del clítoris y de los labios menores.
Infibulación: la forma más extrema, en la que se estrecha la abertura vaginal mediante suturas.
Otras lesiones, cortes, pinchazos o quemaduras.
La mayoría de las víctimas son niñas entre los 5 y los 15 años, aunque en algunos lugares se practica incluso en bebés.
¿Es una práctica islámica?
Aquí comienza el gran debate.
La mutilación genital femenina es más antigua que el Islam, existen evidencias de que ya se practicaba hace más de 2.000 años en algunas zonas del noreste de África, especialmente en Egipto, mucho antes del nacimiento de Mahoma.
El Corán no ordena ni menciona la mutilación genital femenina, no existe ningún versículo coránico que obligue a practicarla.
Entonces, ¿por qué se asocia con el Islam?
Porque durante siglos algunas comunidades musulmanas adoptaron esta costumbre y ciertos líderes religiosos locales la justificaron utilizando interpretaciones de algunos hadices (relatos atribuidos a Mahoma) cuya autenticidad y validez son discutidas por numerosos estudiosos.
Hoy en día, la mayoría de las grandes instituciones islámicas del mundo consideran que la mutilación genital femenina no es una obligación religiosa.
La conclusión es incómoda para todos los bandos: la mutilación genital femenina no nació con el Islam, pero determinadas comunidades musulmanas han contribuido a mantenerla durante siglos.
¿Dónde se sigue practicando?
La mutilación genital femenina se concentra principalmente en una franja que atraviesa África.
Entre los países más afectados se encuentran: Somalia, Guinea, Yibuti, Egipto, Sudán, Malí, Sierra Leona, Eritrea, Etiopía, Gambia, Burkina Faso.
También existen casos en: Indonesia, algunas regiones de Irak, Yemen, Comunidades concretas de India y Pakistán, Poblaciones migrantes en Europa y América.
Se calcula que más de 230 millones de mujeres y niñas viven actualmente con algún tipo de mutilación genital.
¿Por qué se sigue haciendo?
Esta es quizá la pregunta más difícil.
Las familias que la practican no suelen pensar que están haciendo daño. Muchas creen sinceramente que están protegiendo a sus hijas.
Entre las razones más habituales encontramos: Preservar la virginidad, reducir el deseo sexual femenino, facilitar el matrimonio, mantener tradiciones familiares, obtener aceptación social, creencias erróneas sobre higiene y pureza, interpretaciones religiosas locales.
En muchas comunidades, una mujer no mutilada puede ser considerada «impura» o tener dificultades para encontrar marido, es decir, el problema no es únicamente religioso. Es cultural, social y colectivo.
Las consecuencias para una mujer
La mutilación genital femenina deja heridas físicas y psicológicas que pueden durar toda la vida.
Consecuencias inmediatas: Dolor extremo, hemorragias, infecciones, riesgo de muerte. traumas psicológicos.
Consecuencias a largo plazo: Dolor crónico, problemas urinarios, complicaciones durante el embarazo, partos más peligrosos, mayor riesgo de infecciones, ansiedad y depresión, problemas en las relaciones sexuales.
Hay mujeres que recuerdan ese día con una claridad absoluta cincuenta años después, muchas describen la sensación de haber perdido una parte de sí mismas.
¿Qué ocurre en Europa?
Europa ha descubierto que este problema no desaparece automáticamente cuando una familia cruza una frontera.
Miles de niñas europeas viven en familias procedentes de países donde esta práctica continúa siendo habitual, en ocasiones, algunas son llevadas durante las vacaciones al país de origen para ser mutiladas y regresan semanas después a sus colegios en París, Madrid, Berlín o Estocolmo; Se estima que en Europa viven más de 600.000 mujeres con MGF y miles de niñas están en riesgo de sufrirla.
Esto ha obligado a muchos países europeos a tomar medidas: Penalizar la mutilación genital femenina, perseguir los casos realizados en el extranjero, formar a médicos, profesores y trabajadores sociales, Realizar campañas de prevención, ofrecer apoyo psicológico a las víctimas.
Europa se enfrenta aquí a un debate delicado: ¿Dónde termina el respeto a una tradición cultural y dónde comienza la defensa de los derechos fundamentales?
La respuesta de la mayoría de las democracias europeas es clara: Ninguna tradición puede justificar una lesión permanente sobre el cuerpo de una menor.
El gran dilema europeo
Europa se encuentra atrapada entre dos miedos.
Por un lado, el miedo a parecer intolerante o a estigmatizar comunidades enteras; Por otro, el miedo a mirar hacia otro lado mientras miles de niñas permanecen en riesgo.
El desafío consiste en encontrar un equilibrio: Defender los derechos humanos y evitar la demonización de comunidades enteras, diferenciar entre religión y tradición, proteger a las menores, escuchar a las mujeres afectadas.
¿Cuál puede ser la solución?
No existe una solución mágica, pero sí varias medidas que han demostrado funcionar:
Educación, Aplicación de la ley, escuchar a las supervivientes.
Una pregunta incómoda
Y una sociedad puede ser juzgada por muchas cosas, pero pocas dicen tanto sobre ella como la respuesta a una pregunta muy sencilla:
¿Qué hicimos cuando supimos que estaban sufriendo?
