¿Le importaría escuchar la llamada de la oración desde una mezquita cercana?
Imagina la escena… Son las seis y media de la tarde, estás sentado en una terraza de Sevilla tomando un café; A unos metros, un grupo de jubilados discute sobre fútbol, dos turistas intentan pronunciar correctamente la palabra «gazpacho», un niño persigue a unas palomas con una energía que desafía las leyes de la física.
De repente, unos altavoces comienzan a sonar: «Allahu Akbar…»
Toda la plaza se queda en silencio. Algunas personas miran hacia arriba. Otras sacan el móvil. Un señor pregunta: «¿Esto es una película?»
La pregunta es inevitable: ¿Aceptarían los europeos escuchar la llamada a la oración islámica cinco veces al día en sus ciudades?
La respuesta corta es sencilla. Una parte importante diría que no y la respuesta larga es bastante más interesante.
El problema no es solo el sonido
Mucha gente piensa que el rechazo se debe únicamente al ruido, Pero seamos sinceros.
Europa lleva décadas sobreviviendo a: Campanas de iglesias, fiestas populares, obras eternas, motocicletas con el tubo de escape modificado, vecinos aprendiendo a tocar el saxofón.
No, el problema no es solo el volumen, es también el significado.
Las campanas de una iglesia forman parte del paisaje sonoro europeo desde hace siglos. Son familiares. Han estado ahí desde antes de que existieran los coches, Internet o las cafeteras de cápsulas.
La llamada a la oración, en cambio, es percibida por muchos europeos como algo nuevo, y los seres humanos tienen una relación complicada con las novedades.
El experimento
Imaginemos que preguntamos a cien europeos:
«¿Le importaría escuchar una llamada a la oración desde una mezquita cercana?»
Probablemente escucharíamos respuestas como estas:
«No tengo ningún problema con los musulmanes, pero prefiero que no haya altavoces.»
«La religión debería quedarse dentro de los edificios.»
«¿Cinco veces al día?»
«¿Y si todas las religiones hicieran lo mismo?»
«No me gusta, pero tampoco me gustan las campanas.»
Y entonces aparecería el comentario más europeo de todos:
«¿No podrían enviar una notificación al móvil?»
Europa y el espacio público
Europa ha pasado siglos moviendo la religión desde el centro de la vida pública hacia un espacio más privado, no ocurrió en una tarde, fueron siglos de conflictos, guerras, revoluciones y debates.
Hoy, muchos europeos consideran que la religión es algo personal, por eso, cuando escuchan la idea de amplificar una llamada religiosa en una plaza, algunos sienten que la historia está caminando hacia atrás.
No es necesariamente un rechazo hacia una religión concreta, Es, en muchos casos, una pregunta: «¿Queremos más religión en el espacio público o menos?»
Y esa pregunta también afecta al cristianismo, al judaísmo y a cualquier otra creencia.
La cuestión de la identidad
Existe otro factor del que pocas veces se habla. La identidad.
Cuando un europeo escucha una llamada a la oración, no solo escucha un sonido. Escucha un cambio. Para algunos, representa diversidad y riqueza cultural. Para otros, simboliza una transformación de la sociedad que no han elegido.
La historia demuestra que los seres humanos aceptan mejor los cambios lentos que los rápidos. Cambiar una receta familiar genera discusiones, imaginen cambiar el paisaje cultural de una ciudad.
La prueba definitiva
Hay una pregunta muy útil para entender el debate.
Imaginen que mañana se instala un sistema de altavoces en todas las ciudades europeas para emitir mensajes religiosos, sean de la religión que sean. ¿Estaría usted de acuerdo?
Muchos responderían: «No, gracias. Ya tengo suficientes notificaciones.»
Y ahí encontramos una pista importante. Quizás el debate no sea únicamente sobre el Islam, quizás sea sobre cómo imaginan los europeos el espacio público del siglo XXI.
La paradoja
Lo curioso es que millones de europeos no tienen ningún problema con que exista una mezquita en su ciudad, tampoco con que sus vecinos recen, ni con el Ramadán, ni con la comida halal.
El debate aparece cuando una práctica religiosa abandona el ámbito privado y entra en el espacio compartido, ahí comienzan las preguntas, y las preguntas, en Europa, suelen acabar convirtiéndose en debates interminables.
La conclusión
¿Aceptarían los europeos una llamada a la oración en sus ciudades?
Pocos sí. Muchos no.
Y otros responderían con la frase más europea posible: «Depende.»
Porque el debate no trata únicamente sobre altavoces. Trata sobre identidad, historia, convivencia y sobre cómo imaginamos las ciudades del futuro.
Y el futuro de la religión en Europa no es conquistar el espacio público con ruido, sino aprender a convivir en el maravilloso, cotizado y escaso territorio del silencio común.
