Infancia perdida bajo un hiyab
Imaginen a una niña de siete u ocho años. A esa edad, el mundo debería ser un territorio de juego, descubrimiento y libertad. Sin embargo, para miles de niñas, esa etapa se cubre prematuramente con una tela.
El hiyab infantil es un problema grave de derechos, libertades e igualdad que las sociedades occidentales a menudo prefieren ignorar por comodidad o por miedo a abrir un debate incómodo.
Para entender la magnitud del fenómeno, basta con mirar a Egipto. Allí, el 90% de las mujeres adultas llevan el velo; nueve de cada diez. En un país que se vende al exterior como «abierto», la realidad es que la presión social es asfixiante.
Las familias de tradición hiyabista empiezan a colocarles el velo a sus hijas entre los 7 y los 9 años. En las zonas rurales, especialmente en el sur, el paisaje se vuelve aún más duro: niñas con el niqab, el velo integral que les tapa la cara por completo, dejando solo una rendija para los ojos.
En estos contextos, la costumbre se ha convertido en una especie de subasta moral: cuantas más capas de tela lleve la mujer, más «pura» y «buena» se la considera.
¿Y qué ocurre en Europa?
Con la inmigración procedente de países donde el uso del hiyab está profundamente arraigado, esta cuestión también forma parte del debate europeo. Lo que en los países islámicos forma parte del paisaje cotidiano, se convierte en un choque cultural frontal cuando se traslada a España y al resto de Europa. Y aquí es donde debemos hacernos la pregunta: ¿Es esto aceptable en Europa?
Europa ha construido sus sociedades sobre principios como la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de conciencia y la protección del menor. Hay imágenes que se normalizan tanto que dejamos de hacernos preguntas.
Por eso resulta legítimo preguntarse:
¿Debe una niña llevar un símbolo religioso cuya carga moral y social todavía no puede comprender?
¿Dónde termina la libertad religiosa de los padres y dónde empiezan los derechos de la menor?
Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Mucho más que un trozo de tela, ¿Qué representa el hiyab?
Quienes defienden el velo desde una perspectiva multicultural suelen reducirlo a una simple opción estética o identitaria. Pero el hiyab no es solo un trozo de tela; es el vehículo de una ideología muy concreta.
Su objetivo original y confeso es ocultar el cuerpo femenino para no despertar la atracción sexual del hombre, asumiendo que el varón es incapaz de controlarse y que la responsabilidad de la decencia recae exclusivamente en la mujer.
¿Tiene sentido educar a una niña bajo estos valores en una sociedad que defiende la igualdad? Evidentemente, no.
El verdadero problema
Una niña no necesita protegerse de la mirada de los hombres, necesita jugar, necesita descubrir el mundo, necesita crecer sin sentir que su cuerpo es un problema o que debe ocultarlo para ser considerada una «buena niña».
La infancia debería ser el espacio de la libertad, no el de las obligaciones religiosas impuestas por los adultos.
Introducir estas ideas en la mente de una menor contamina su infancia. Condiciona su comportamiento, restringe sus juegos, sabotea su desarrollo social y emocional, y la separa de sus compañeras. Le enseña, desde los códigos de la culpa y la hipersexualización temprana, que su cuerpo es un peligro que debe ser escondido.
La respuesta a si el hiyab afecta negativamente al desarrollo de las niñas es un sí rotundo. No es un enriquecimiento cultural; es un retroceso en los derechos más básicos de la infancia.
Cortar la cadena
Para resolver un conflicto, el primer paso es admitir que existe. Europa no puede seguir mirando hacia otro lado bajo el paraguas de la tolerancia cultural cuando se trata de los derechos de los menores.
La solución pasa por una línea roja innegociable: cortar la cadena de la transmisión de estos valores en la infancia. Mientras que en una mujer adulta el uso del velo entra dentro del ámbito de su libertad personal y de su derecho a equivocarse, en el caso de las niñas la perspectiva cambia por completo.
El Estado tiene la obligación de proteger a los menores de cualquier tipo de imposición ideológica que limite su desarrollo y su igualdad de oportunidades.
Prohibir el hiyab en los espacios escolares e infantiles no es un ataque a la diversidad, es una defensa cerrada de la infancia.
Es garantizar que todas las niñas, independientemente del origen de sus padres, tengan derecho a saborear la libertad, a crecer sanas, libres de dogmas que las minorizan, y a decidir su propio camino cuando tengan la madurez para hacerlo.
Abrir el debate
Reconocer que existe un problema no significa atacar a las personas musulmanas.
Significa preguntarse si determinadas prácticas son compatibles con una sociedad que aspira a proteger la libertad y la igualdad desde la infancia.
En mi opinión, el uso del hiyab por menores de edad debería formar parte del debate público.
Porque los derechos de los niños y las niñas deben estar por encima de cualquier tradición cultural o religiosa.
Toda niña debería tener derecho a crecer sin sentirse obligada a representar un ideal de modestia, pureza o virtud impuesto por los adultos.
La infancia solo ocurre una vez, y merece vivirse con el pelo al viento, no con la libertad cubierta.
