¿Muchos medios europeos susurran cuando habla del islam?
El elefante en la redacción
Imaginemos una reunión editorial cualquiera.
«Vamos a investigar la Iglesia católica.» Todos asienten.
«Vamos a investigar a los partidos políticos.» Más asentimientos.
«Vamos a investigar a las grandes empresas.» Nadie se inmuta.
«Vamos a investigar algunas corrientes del islam.» Silencio, alguien mira el techo, otro consulta el móvil, el becario descubre de repente un enorme interés por la meteorología.
¿Es una percepción exagerada o existe realmente un problema?
Analicemos los motivos detrás de este freno de mano informativo, los efectos de esta cautela y qué podemos hacer para recuperar el rigor sin perder la sensatez.
1. La anatomía del miedo: los frenos del periodista
No se trata de una conspiración mediática ni de que todos los directores de periódicos se hayan puesto de acuerdo. El silencio o la tibieza informativa responde a factores muy humanos y muy terrenales:
El miedo físico real: Seamos honestos y dejemos la hipocresía a un lado. Desde la tragedia de Charlie Hebdo en París hasta el asesinato de Theo van Gogh en Países Bajos o las amenazas continuas a caricaturistas y escritores, la violencia extremista ha dejado una huella profunda. El temor a represalias violentas o a necesitar escolta policial durante el resto de tu vida es un disuasorio enormemente eficaz para cualquier periodista o viñetista.
El pánico al etiquetado y la cancelación social: En la era de las redes sociales, investigar ciertas dinámicas (como el entrismo en barrios o el rigorismo en colegios) supone arriesgarse a ser tildado automáticamente de «islamófobo», «racista» o de «hacerle el juego a la extrema derecha». Para un periodista de perfil progresista, ese estigma equivale a la muerte civil dentro de su propio gremio.
El paternalismo del «no crear alarma»: Muchas redacciones aplican una autocensura bienintencionada (pero errónea), creyendo que si informan con rigor sobre el fundamentalismo religioso o las tensiones culturales, estarán alimentando la discriminación hacia toda la población musulmana. El resultado es tratar al lector como a un niño al que hay que ocultar las noticias complejas.
El efecto «campo de minas»: Algunos temas generan poco riesgo profesional, otros parecen un campo de minas, por ejemplo: Financiación extranjera de mezquitas, islamismo político, presión social sobre mujeres, homosexualidad en entornos conservadores.
Muchos periodistas los abordan, pero otros prefieren mantenerse lejos, no porque no sean importantes, precisamente porque son explosivos.
La autocensura: El invitado que nadie quiere mencionar
Los periodistas rara vez admiten que tienen miedo. Pero hablan de otra cosa. «Prudencia. Sensibilidad. Responsabilidad. Y, por supuesto, muchas veces esas razones son legítimas.
Sin embargo, algunos observadores sostienen que en ciertos casos existe algo más sencillo: Autocensura. No porque una ley prohíba hablar, sino porque el coste social o profesional puede parecer demasiado alto.
El ciudadano acaba desconfiando
Cuando los medios evitan ciertos debates, ocurre algo previsible.
La gente busca respuestas en otros lugares, redes sociales, blogs, influencers, canales alternativos, algunos son rigurosos, otros son auténticas fábricas industriales de disparates.
La consecuencia es paradójica. Intentar evitar una discusión puede terminar entregándola a quienes menos rigor tienen.
¿Qué soluciones podrían ayudar?
1. Investigar todo con el mismo criterio
La regla debería ser sencilla.
Lo que puede investigarse sobre una iglesia, una empresa o un partido político también debe poder investigarse sobre cualquier organización islámica. Ni privilegios. Ni excepciones. Ni demonización.
2. Diferenciar crítica y prejuicio
Criticar una idea no equivale a odiar a una persona. Una democracia necesita proteger ambas cosas: La libertad de crítica. La dignidad de los individuos.
3. Más datos y menos eslóganes
Muchas discusiones sobre el islam se basan en emociones. Hace falta más investigación rigurosa, más estadísticas, más trabajo de campo, más periodismo y menos activismo.
4. Proteger a periodistas y académicos
Nadie debería temer amenazas por investigar una religión, una ideología o un movimiento político. La seguridad es una condición básica para la libertad de expresión.
5. Escuchar más voces musulmanas
Europa suele presentar a los musulmanes como un bloque uniforme. No lo son.
Hay conservadores, liberales, feministas, laicos, reformistas,tradicionalistas, exmusulmanes. Escuchar esa diversidad enriquecería enormemente el debate.
El test de la democracia
Existe una prueba muy sencilla para saber si una sociedad confía realmente en la libertad de expresión.
Preguntarse: ¿Puede investigarse cualquier idea?, ¿Puede criticarse cualquier ideología? , ¿Puede debatirse cualquier religión?
Si la respuesta es sí, la democracia funciona.
Si algunas cuestiones se convierten en zonas prohibidas, empieza a aparecer un problema.
Conclusión: Ni silencio ni obsesión
El periodismo nació para hacer preguntas incómodas, seguir la pista del dinero y fiscalizar cualquier forma de poder, sea político, económico o religioso. Romper el tabú del silencio no es una concesión a la intolerancia; es, exactamente, la única forma de garantizar una sociedad abierta, transparente y verdaderamente libre.
El reto no consiste en convertir al islam en el centro de todas las investigaciones, tampoco en rodearlo de una protección especial frente al escrutinio público, el objetivo debería ser mucho más simple.
Aplicar exactamente las mismas reglas que se aplican a cualquier otra religión, ideología o institución, porque una prensa libre no es aquella que ataca constantemente, es aquella que puede hacer preguntas difíciles sin miedo.
Y una democracia madura no es la que evita los temas incómodos, es la que se atreve a debatirlos con serenidad, rigor y libertad.
