Wi-Fi Espiritual con cobertura estatal: El «mando a distancia» de Marruecos sobre sus mezquitas en Europa
¿Qué ocurre cuando una parte de la organización religiosa de una comunidad depende, directa o indirectamente, de un Estado extranjero?
«Cuando el sermón del viernes empieza en España… pero algunos sospechan que el guion se escribió a miles de kilómetros.»
Ya no hablamos solo de religión, hablamos también de política, influencia, diplomacia y soberanía, y aquí entra un concepto que cada vez aparece más en los debates europeos: la diplomacia religiosa.
La religión también tiene política exterior
Cuando pensamos en política internacional imaginamos embajadas, ministros o acuerdos comerciales, pero algunos países también utilizan otro instrumento mucho más discreto: La religión.
No necesariamente solo para controlar a los creyentes, sino para mantener vínculos culturales, lingüísticos y religiosos con sus ciudadanos y descendientes que viven en el extranjero.
En el caso de Marruecos, diversos analistas han señalado que el Estado mantiene una relación estrecha con parte de su red religiosa en la diáspora a través de instituciones, formación de imanes y organismos oficiales. El alcance y funcionamiento concreto varía según cada comunidad y mezquita.
Ocurre con la gestión religiosa de parte de la diáspora marroquí en España. Bajo la fachada de «asistencia espiritual», lo que hay en marcha es un sofisticado sistema de vigilancia y control religioso transnacional. O dicho sin rodeos: Un mando a distancia geopolítico desde Rabat que gestiona qué se dice, qué se piensa y quién habla en decenas de mezquitas repartidas por la geografía española.
¿Cómo funciona el «software de control»?
Para que un estado controle a sus ciudadanos en el extranjero no necesita espías de película con gabardina; le basta con la estructura religiosa. El mecanismo funciona a través de varios «módulos»:
El ‘payroll’ de los imanes: Muchos de los imames que ejercen en España son enviados, evaluados o financiados directamente por fundaciones u organismos vinculados al Gobierno marroquí (como la Fundación Hassan II o el Ministerio de Habous). Cuando quien te paga la nómina decide el contenido del sermón (jutba), la libertad de cátedra teológica tiende a cero.
El sermón en bucle: En lugar de hablar de las dinámicas reales de un barrio en Barcelona, Madrid o Murcia, las prédicas a menudo se centran en mantener la lealtad identitaria y política hacia el país de origen. Si hay tensiones diplomáticas, el tono se ajusta en consecuencia.
Vigilancia comunitaria implícita: La mezquita deja de ser un espacio puramente de fe y comunidad para convertirse en un sensor de presencia. Quien se sale del guion, promueve debates críticos o aboga por un islam más autónomo y europeo, rápidamente es señalado como «problemático».
Bloqueo del arraigo local: Mantener a la comunidad en un estado de dependencia espiritual constante frena el desarrollo de un islam genuinamente adaptado al entorno europeo, atrapando a las nuevas generaciones en una doble lealtad artificial.
El problema: Soberanía, laicismo y libertad de debate
El problema de este modelo no es que la gente profese su fe libremente (eso es un derecho fundamental). El problema es la interferencia estatal extranjera en la vida civil y religiosa de los residentes en España.
Para Rabat, la diáspora no es solo un grupo de emigrantes: Es una fuente crucial de remesas económicas y un elemento de influencia política. Mantener el monopolio sobre la fe es la forma más barata y eficiente de asegurar que la comunidad no se «desconecte» ideológicamente de la metrópoli.
Mientras tanto, las instituciones europeas a menudo miran hacia otro lado por pereza, desconocimiento o miedo a meterse en «charcos religiosos», dejando a miles de ciudadanos musulmanes atrapados entre el paternalismo estatal de su país de origen y la indiferencia del país en el que viven.
El gran dilema
Imaginemos dos modelos.
Modelo A
Los imanes se forman principalmente en el extranjero. Los materiales llegan desde fuera. La financiación depende de organizaciones internacionales. Las prioridades vienen marcadas por instituciones externas.
Modelo B
Los imanes se forman en universidades europeas. Conocen la legislación española. Hablan perfectamente el idioma. Entienden la cultura local. Debaten sobre los problemas reales de los jóvenes musulmanes nacidos en Europa.
¿Cuál de los dos modelos parece más preparado para responder a la realidad europea?
Las soluciones: Cortar el cable y liberar el servidor
Para romper este monopolio y garantizar tanto la libertad religiosa como la autonomía de las comunidades locales, no hacen falta medidas autoritarias, sino reglas del juego claras, transparentes y democráticas:
Formación y acreditación local de imanes: Los imanes que ejercen en España deberían formarse e independizarse financieramente en el ámbito europeo, con títulos reconocidos, conocimientos del marco constitucional local y salarios pagados por las propias comunidades de fieles, no por estados extranjeros.
Transparencia financiera total: Seguir la pista del dinero. Ninguna mezquita o centro cultural debería recibir financiación de gobiernos o fundaciones extranjeras sin un registro público auditable que detalle de dónde viene cada euro y a cambio de qué.
Empoderamiento de las comunidades locales: Fomentar que la gestión de los centros religiosos recaiga en las juntas vecinales de fieles (hombres, mujeres y jóvenes nacidos o criados aquí), desmantelando las estructuras verticales impuestas desde fuera.
Neutralidad activa del Estado de acogida: Garantizar que los derechos de libertad de expresión y de debate no se detengan en la puerta de la mezquita. Proteger a quienes dentro de la propia comunidad critican el control estatal o buscan formas más abiertas y autónomas de vivir su espiritualidad.
Conclusión
El debate sobre la influencia religiosa transnacional no consiste en enfrentar a Europa con los países de origen de muchos de sus ciudadanos. Consiste en preguntarse cómo garantizar que las comunidades religiosas puedan desarrollarse con plena libertad, transparencia y autonomía dentro del marco democrático europeo.
Un islam europeo no tendría por qué romper con sus raíces espirituales. Pero sí podría aspirar a que sus decisiones, sus prioridades y sus liderazgos respondieran, cada vez más, a la realidad de los millones de musulmanes que viven, trabajan y construyen su futuro en Europa.
Al final, la fe no debería funcionar con un contrato de roaming internacional controlado por un gobierno extranjero. Liberar las mezquitas del control transnacional es el primer paso para que las comunidades musulmanas en Europa sean dueñas de su propio espacio, su propio debate y su propio futuro.
La pregunta verdaderamente importante es: ¿Quién decide el futuro del islam europeo: los propios musulmanes europeos o actores situados fuera de Europa?
